Marcus llegó al lugar acordado cuando ya había oscurecido. No era un hotel, no era un sitio romántico ni planeado para el recuerdo; era un pequeño departamento prestado, discreto, casi impersonal, elegido precisamente porque no significaba nada para nadie más. Eso lo hacía seguro. Cerró la puerta detrás de sí con cuidado, apoyando la espalda un segundo contra la madera, como si el simple gesto de estar solo —realmente solo— le devolviera el aire que llevaba días faltándole.
Respiró hondo.
Y entonces la vio.
Laila estaba de pie cerca de la ventana, iluminada apenas por una lámpara tenue. No vestía nada especial, pero había algo distinto en ella. No era la mujer en guerra, no era la madre conteniendo el mundo, no era la estratega calculando movimientos. Era Laila. Simplemente Laila. Viva. Presente. Real.
Marcus no dijo nada. No pudo. Sintió cómo algo dentro de su pecho se aflojaba, como si una cuerda demasiado tensa finalmente se soltara. Caminó hacia ella despacio, casi con miedo de qu