Marcus llegó al lugar acordado cuando ya había oscurecido. No era un hotel, no era un sitio romántico ni planeado para el recuerdo; era un pequeño departamento prestado, discreto, casi impersonal, elegido precisamente porque no significaba nada para nadie más. Eso lo hacía seguro. Cerró la puerta detrás de sí con cuidado, apoyando la espalda un segundo contra la madera, como si el simple gesto de estar solo —realmente solo— le devolviera el aire que llevaba días faltándole.
Respiró hondo.
Y ent