Marcus despertó con una calma que no había sentido en meses. No fue una calma grande ni ruidosa, sino esa sensación suave que se instala en los huesos cuando el cuerpo recuerda, al fin, que está a salvo. Laila dormía a su lado, recostada sobre su pecho, una mano sobre su abdomen en un gesto casi inconsciente. Él deslizó los dedos por su espalda desnuda, lento, cuidadoso, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera deshacer la realidad que habían reconstruido la noche anterior. La habitación olía a ellos. A reencuentro. A verdad. A vida. A un hogar que había sido robado, escondido, silenciado, y que esa noche había vuelto a erguirse desde las cenizas.
Marcus inclinó la cabeza y besó el cabello de Laila, respirando profundamente. La necesitaba cerca. Necesitaba esa certeza en su piel, ese ancla después de tantos días viviendo en un teatro diseñado por la manipulación. Laila abrió los ojos apenas, parpadeando despacio, todavía entre el sueño y la vigilia, pero al sentirlo, so