Marcus despertó con una calma que no había sentido en meses. No fue una calma grande ni ruidosa, sino esa sensación suave que se instala en los huesos cuando el cuerpo recuerda, al fin, que está a salvo. Laila dormía a su lado, recostada sobre su pecho, una mano sobre su abdomen en un gesto casi inconsciente. Él deslizó los dedos por su espalda desnuda, lento, cuidadoso, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera deshacer la realidad que habían reconstruido la noche anterior. La ha