Marcus despertó esa mañana con un peso extraño en el pecho, una mezcla incómoda entre lucidez y falsa resaca. La habitación era ajena, demasiado ordenada, demasiado perfumada, demasiado llena de cosas que no le pertenecían. La cama olía a Clara. Sus movimientos, sus perfumes, su ambición impregnaban ese colchón de una forma que le revolvía el estómago. La claridad absoluta del recuerdo de la noche anterior —y de su propia actuación— lo hizo abrir los ojos apenas unos milímetros, lo justo para evaluar el terreno antes de mover un músculo. Clara estaba tendida junto a él, profundamente dormida, con una expresión satisfecha en el rostro. La satisfacción de alguien que cree haber ganado algo. La satisfacción de alguien que piensa que finalmente recuperó control sobre un territorio que nunca fue suyo.
Marcus giró la cabeza apenas, lo suficiente para verla sin que ella lo notara si despertaba. Sus manos estaban reposadas sobre el abdomen, relajadas, como si todo en su mundo estuviera finalm