Sebastián estaba de pie en el porche, recto como siempre, aunque sus ojos tenían una suavidad nueva. A su lado, Sara, con el cabello recogido y una expresión serena, sostenía una pequeña bolsa entre las manos. Detrás de ellos, el pueblo parecía seguir su rutina, ignorante —o quizá deliberadamente ajeno— a la historia que se estaba reanudando en esa casa.
—Alfa —saludó Sebastian, inclinando apenas la cabeza.
—Entren —respondió Kael—. Gracias por venir.
Lysandra apareció desde el pasillo con los