Kael llegó al hospital como una sombra furiosa.
Las puertas automáticas se abrieron y el olor a desinfectante le golpeó el pecho. Sus sentidos buscaron de inmediato a los suyos.
Los encontró.
Sebastian estaba sentado, rígido, con Nyra aferrada a su cuello como si fuera lo único sólido en el mundo. Andrea, la loba guerrera, se mantenía erguida y prestando mucho atención a su alrededor. Un poco más atrás, Kiki estaba de pie, con las manos entrelazadas y los ojos llenos de preocupación. Había esta