Kael entró a la casa como una tormenta.
Recorrió cada pasillo, cada habitación, cada rincón. Abrió puertas, volcó muebles, arrancó cortinas. Su respiración era salvaje, descontrolada.
—¿Sebastián?.......
—¡Lysandra! —rugió— ¡Nyra!
Nada.
Corrió hacia el cuarto oculto, aquel refugio construido para proteger lo único que importaba. Empujó la entrada secreta con manos temblorosas.
Estaba vacío. Un baúl de juguetes permanecía abierto y los juguetes habían quedado esparcidos por el piso... No quería