4

Los golpes llegaron primero.

Vidrios estallando.

Objetos pesados chocando contra las paredes.

Un rugido ahogado, cargado de furia.

Lysandra se irguió de inmediato en el pasillo. El sonido venía del despacho del Alfa. Cada estruendo le erizaba la piel, como si algo salvaje intentara liberarse al otro lado de la puerta.

—Dios… —susurró, llevándose una mano al pecho.

Un grito profundo atravesó la madera. No era solo enojo. Era dolor. Pérdida. Algo viejo y peligroso.

Pensó en huir. En volver sobre sus pasos.

Pero sus pies no se movieron.

Pasaron minutos eternos. Los ruidos cesaron de golpe, dejando un silencio espeso, inquietante.

La puerta se abrió.

Sebastian salió primero. Su camisa estaba arrugada, el gesto tenso, pero controlado. Al verla allí, se recompuso de inmediato.

—Puedes pasar —dijo—. El señor Voryn quiere verte.

Lysandra dudó.

—¿Está… bien?

Sebastian esbozó una sonrisa breve, ensayada.

—Tiene un día complicado de negocios. Nada importante. No temas.

Nada importante, pensó ella, recordando los gritos.

—Adelante —insistió él, haciéndose a un lado.

Lysandra respiró hondo y cruzó el umbral.

El despacho era imponente.

Lujo en cada detalle: muebles de madera oscura tallada a mano, incrustaciones de oro que brillaban con la luz tenue, estanterías repletas de libros antiguos. Pero lo que más la impactó fueron las estatuas y pinturas.

Lobos.

En mármol, en bronce, en óleo. Lobos en posición de ataque, de protección, de dominio. Miradas feroces que parecían seguirla mientras avanzaba.

Kael Voryn estaba de pie detrás del escritorio. Su presencia llenaba la habitación incluso en quietud. Algunos objetos rotos aún yacían en el suelo, testigos silenciosos de la tormenta reciente.

—Señorita Ardenne —dijo con voz controlada—. ¿Durmió bien?

Ella asintió, aunque el recuerdo de la pesadilla aún le recorría la espalda.

—Sí… gracias.

—Me alegra —continuó—. Más tarde vendrán médicos a revisarte. Quiero estudios completos.

Lysandra se tensó.

—No es necesario, estoy bien.

Kael la observó con detenimiento.

—Debo asegurarme —respondió—. No solo por tu bienestar. Para cumplir tu trabajo como niñera, necesitas estar en condiciones óptimas.

Ella comprendió el mensaje. Asintió de nuevo. Por unos minutos había pensado que podía haber un real interés.

—Entiendo.

El silencio se alargó. Kael dio la vuelta al escritorio lentamente. Cada paso acortaba la distancia entre ellos… y aumentaba algo invisible, eléctrico, que vibraba en el aire.

Sus ojos se encontraron.

Fue como un impacto.

El mundo pareció reducirse a ese instante. Kael sintió el tirón brutal en el pecho, el llamado antiguo que reconoció al instante. Mate. Su sangre lo supo antes que su mente.

Deseó tocarla.

Deseó olerla.

Deseó destrozar a quien la había lastimado.

—Tienes marcas —dijo de pronto, con voz baja—. No son recientes todas.

Lysandra apartó la mirada.

—No es importante.

Algo oscuro cruzó los ojos del Alfa.

—Quiero saber tu historia —pidió—. Quién te hizo eso. Por qué llegaste hasta aquí. El anuncio que tenías en tu mochila no debía caer en cualquier mano, debo saber si mis empleados se equivocaron.

Ella negó despacio.

—No hay nada que contar. Mi vida no tiene nada importante. El anuncio lo encontré por ahí; lamento no ser lo que esperaban.

Kael sostuvo el silencio unos segundos más. Luego habló:

—No me mientas.

Lysandra lo miró, sorprendida.

Kael regresó al escritorio y apoyó una mano sobre una carpeta cerrada. No la abrió. No hizo falta.

—Antes de permitir que alguien viva en mis territorios, me aseguro de saber quién es —dijo—. Sé de los Ardenne. Un apellido encantador. Millonario. Respetado.

Lysandra palideció.

—Sé de tus padres —continuó—. Del juego. De las deudas. De cómo intentaron recuperar lo perdido.

Su voz era fría. Precisa.

—Sé de tu hermano. De su violencia. Y de cómo intentaron casarte con cualquiera que devolviera el brillo al apellido.

Lysandra sintió que el aire le faltaba.

—El hombre que murió aquí no era tan adinerado como decía ser —añadió Kael—.Damian Kovrek, hijo del dueño de la industria farmacéutica Kovrek, Importante, sí. Pero no tan rico como aparentaba. Vivía de la fortuna de sus padres. Tenía amantes. Muchas. Y también muchas deudas.

El Alfa la miró directo a los ojos.

—Una esposa como tú le servía para mantener las apariencias, pero dudo que alguna vez te respetara como tal.

El silencio fue devastador.

Lysandra apretó los puños. No lloró. No le daría eso. Ya había sufrido tanto.

—No quise ocultar nada —dijo con voz firme—. Solo… no quería revivirlo.

Kael se acercó un poco más.

—Entonces escúchame —dijo—. Yo también voy a contarte algo, y quiero que me prestes mucha atención.

Ella levantó la vista.

—En mis territorios nadie miente. Nadie traiciona. Nadie oculta verdades que puedan poner en riesgo a mi manada.

Sus palabras eran una advertencia… y una promesa. Lysandra podía jurar que los ojos de aquel hombre cambiaban de color cuando se dirigía a ella.

—Las reglas aplican para todos —continuó—. Incluso para ti, porque un error puede significar la muerte de uno de los míos y no estoy dispuesto a perder.

Lysandra sostuvo su mirada. Había miedo, sí. Pero también algo nuevo. Seguridad. Una certeza extraña.

—Lo entiendo —respondió—. No tengo a dónde ir. Y no pienso traicionarlo.

Kael la observó unos segundos más, como si oliera la verdad en su sangre.

Finalmente asintió.

—Bien —dijo—. Entonces, bienvenida oficialmente a la Manada de Hierro.

El señor Kael apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos con calma estudiada.

—Vas a escuchar que muchos aquí usan términos como manada, alfa o beta —dijo finalmente—. No es literal. Es una forma… simbólica de organizarnos. Una tradición antigua que viene de nuestros ancestros. Nos autopercibimos como una manada porque creemos en la lealtad, la jerarquía y el cuidado mutuo.

Era una mentira prolija. Ensayada. Necesaria.

Lysandra frunció apenas el ceño. Algo en su pecho se apretó, una sensación incómoda que no supo explicar.

—Es… raro —admitió—, pero supongo que cada lugar tiene sus costumbres.

Asintió, aunque la confusión seguía latiendo detrás de sus ojos.

Kael se incorporó entonces, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella. Su voz bajó apenas un tono.

—Hay algo más que debo advertirte —dijo—. La policía va a venir.

Lysandra palideció.

—¿La… policía?

—Sí. Van a preguntarte por el sujeto que murió aquí. Damian. Necesitan saber si era violento contigo, si te acosaba, si te seguía. Tendrás que contar tu historia.

Ella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—No… no puedo —susurró—. Si mi familia se entera de dónde estoy…la familia de Damian… buscarán venganza.

Kael la observó con atención, sin perder un solo gesto.

—Tranquila —dijo con firmeza—. Estarás conmigo todo el tiempo. Ya vieron las cámaras de seguridad. Saben que él vino a provocar, que fue agresivo. Legalmente está claro. Pero como tú eras la razón por la que estaba aquí, necesitan tu declaración para cerrar el expediente. Nada más. Serán preguntas inofensivas.

Lysandra se llevó las manos al pecho, respirando con dificultad.

—Tengo miedo —confesó—. He pasado tanto tiempo escondiéndome…

El alfa ladeó la cabeza.

—¿Por qué no me dijiste que estabas huyendo? —preguntó, sin reproche, pero con una intensidad que la obligó a mirarlo.

Ella tragó saliva.

—Pensé que ya lo sabía —respondió—. Si había leído la información sobre mí… ¿Quién podría sobrevivir sin intentar huir?

Kael guardó silencio un instante. Luego habló con voz grave:

—De ahora en más, no me omitas información, Lysandra. Ni una sola cosa, y puedes llamarme Kael no me disgusta, no me hace daño.

Se acercó un poco más.

—Deja esto en mis manos. Tu familia no se enterará de tu paradero. Nadie vendrá por ti. La familia del muerto tendrá que pasar por encima de mí para llegar a ti y, créeme, eso no es tan fácil.

Ella lo miró, sorprendida. Algo en su interior —algo antiguo, instintivo— se relajó por primera vez en mucho tiempo.

—¿De verdad…? —susurró.

Kael sostuvo su mirada, y en su interior la verdad rugió con fuerza.

No te dejaré ir. Nunca.

—De verdad —afirmó—. Mientras estés bajo mi protección, estás a salvo.

Y aunque Lysandra no lo sabía aún, en ese instante dejó de ser solo una humana refugiada en una casa ajena.

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