Mundo ficciónIniciar sesiónLos doctores habían llegado con pasos profesionales y voces suaves, pero para Lysandra todo era demasiado.
—Solo necesitamos revisar unas cicatrices —dijo uno de ellos, acercándose con guantes limpios.
El mundo se le cerró.
No, no.
Las imágenes, el dolor, las manos ajenas, el pasado… todo volvió de golpe. Su respiración se aceleró, la vista se le nubló y, antes de que alguien pudiera detenerla, se levantó de la camilla.
—No… no —murmuró, retrocediendo—. No me toquen. Los gritos se escucharon en toda la mansión; pronto los empleados se empezaron a preocupar.
La muchacha salió corriendo del cuarto, el corazón golpeándole con violencia en el pecho.
Kiki, la empleada, fue la primera en reaccionar. La vio pasar pálida, desorientada, con los ojos llenos de terror.
—¡Señor Kael! —avisó de inmediato por el comunicador—. Lysandra… se fue.
En el ala infantil, la pequeña Nyra comenzó a llorar desconsolada. Había escuchado a los empleados murmurar. Sabía que Lysandra estaba asustada, rota por dentro, decían.
—Tiene miedo… —sollozaba—. Mucho miedo…—las empleadas la contenían.
Mientras tanto, el beta actuó con rapidez. Interrumpió a los empleados, dio órdenes claras, desvió la atención.
—Todo está bajo control —dijo con firmeza—. Retomen sus tareas. No hay nada que comentar.
No habría rumores. No en esa casa.
Kael ya estaba en movimiento; había escuchado todo y lo sabía todo.
Encontró a Lysandra cerca del límite de los terrenos, caminando con torpeza, cargando la vieja mochila con la que había llegado. La misma. Como si nunca hubiera tenido nada más, aquella imagen le rompió el corazón.
De ninguna manera te irás de mi lado.
Estaba mareada, humillada.
No quiero que vean… no quiero que sepan… se repetía a sí misma.
Al llegar a la salida, chocó contra algo duro. Una pared supuso.
No.
Dos brazos fuertes la sostuvieron antes de que cayera.
—Lysandra.
Su voz.
Era Kael Voryn.
—No puedes hacer esto —dijo con firmeza contenida—. No puedes irte.
Ella levantó el rostro, los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento… —balbuceó—. Yo… no puedo… no estoy apta, la desgracia me persigue…
—Lamento que hayan querido tocarte —continuó él, con un dejo de rabia controlada—. Nadie debió hacerlo. Debiste decírmelo; simplemente debemos ir despacio con eso, tiene solución.
Eso fue demasiado.
Lysandra se quebró.
Un sollozo desgarrado escapó de su garganta y, sin poder evitarlo, se escondió contra su pecho. Sus manos se aferraron a la tela de su camisa como si fuera lo único real que quedaba.
No podía hablar.
Kael no insistió.
Simplemente la sostuvo.
La levantó con cuidado, como si fuera algo frágil y precioso, y sin decir una sola palabra más, la llevó de regreso a la casa. Pasó los pasillos sin detenerse, sin permitir miradas ni preguntas.
Hasta su habitación, la habitación del alfa.
La recostó con suavidad, apartó el cabello de su rostro y se quedó allí, firme, protector.
—Aquí estás a salvo —dijo en voz baja—. Nadie volverá a cruzar ese límite. Nunca.
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Kiki estaba de pie junto a una de las ventanas del pasillo de servicio, retorciendo nerviosamente el borde de su delantal. El murmullo lejano de la casa había vuelto a la normalidad, pero el peso de lo ocurrido seguía flotando en el aire.
Sebastián Voryn, el beta, se detuvo frente a ella, serio.
—No debiste dejarla sola —dijo en voz baja, pero firme—. Apenas un momento bastó.
Kiki bajó la mirada, culpable.
—Yo solo… salí un instante. Pensé que estaría bien. Los doctores pidieron privacidad para que pudiera mostrar sus cicatrices sin sentirse observada. Pero cuando volví… —tragó saliva— ya estaba demasiado nerviosa. Sus manos temblaban, Sebastián. Estaba al borde del pánico.
El beta pasó una mano por su barba, claramente molesto, aunque no con ella… sino con la situación.
—Se nota que es una humana sensible —murmuró—. Y que ha pasado por cosas que ni siquiera quiere nombrar. No se recompone de algo así de un día para el otro.
Kiki levantó la vista, con los ojos humedecidos.
—No es débil —dijo con convicción—. Está rota, sí… pero sigue caminando. Eso dice mucho.
Sebastián asintió lentamente.
—Exacto. Y por eso debemos ser cuidadosos; no permitas que los demás empleados hablen del tema; el alfa no querrá que esto se transforme en un chusmerío.
Guardó silencio un segundo, luego habló más bajo, casi como una confesión.
—Kael lo sabe… aunque no lo diga. Ella es su mate.
Kiki contuvo la respiración.
—¿De verdad…?
—Es la Luna que estábamos esperando —afirmó—. La que puede volver a unir a la manada. Y no está lista , Kiki… no todavía.
La mujer apretó las manos contra su pecho.
—Entonces debemos ayudarla —dijo—. Ayudarla a ponerse de pie. A confiar. A sanar.
Sebastián la miró con aprobación.
—Exactamente. No se trata solo del alfa. Se trata de todos nosotros. Si ella cae, la manada no tendrá futuro.
—Y si se levanta… —susurró Kiki.
—La manada renacerá —completó él—. Pero será a su tiempo. Sin forzarla. Sin asustarla más.
Sebastián se giró para marcharse, pero antes añadió:
—Cuídala, Kiki. Como cuidarías a la Luna cuando aún está creciendo, sabes que tendrá que convencer a la manada; no deja de ser una humana para ellos, jamás hemos tenido a una luna humana.
Kiki asintió con solemnidad.
—Lo haré. Te lo prometo.







