3

Un golpe suave en la puerta sacó a Lysandra del torbellino de pensamientos que aún le dejaba el sueño.

—¿Señorita? —dijo una voz femenina del otro lado—. ¿Puedo pasar?

Lysandra se incorporó en la cama, todavía con el corazón acelerado.

—Sí… adelante.

La puerta se abrió despacio y una mujer de mediana edad asomó la cabeza. Tenía el cabello recogido en un rodete prolijo, el uniforme impecable y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y una cautela mal disimulada.

—Soy Kiki —se presentó—. Trabajo aquí desde hace muchos años. Me pidieron que me encargara de usted.

Entró con una bandeja entre las manos: café humeante, pan tibio, frutas cortadas con cuidado.

—Gracias —dijo Lysandra, sorprendida por el gesto.

Kiki dejó la bandeja sobre una pequeña mesa junto a la ventana. Sus ojos recorrieron la habitación, luego volvieron a Lysandra, deteniéndose un segundo más de lo necesario.

—No es común tener visitas  —comentó, bajando la voz—. Mucho menos… mujeres.

Lysandra frunció apenas el ceño.

—Lo siento, no quiero molestar.

Kiki dudó.

—No quise decir eso, claro que no molesta —respondió—. La Manada de Hierro es… reservada. Y el señor Kael aún más.

¿Manada?

Se sentó frente a ella, como si necesitara decir algo que llevaba guardado.

—Esta familia es muy influyente —continuó—. Siempre lo fue. Pero desde hace años… todo cambió, la tristeza invadió nuestra comunidad.

Lysandra tomó la taza de café entre las manos.

—¿Por qué?

Kiki respiró hondo.

—Tiene que ver con El sr. Kael.....su esposa, Clara, y su hermana, Eleonora, fueron asesinadas. —Lo dijo rápido, como arrancándose una espina—. Un supuesto robo. Dijeron que salió mal.

Lysandra sintió un nudo en el pecho.

—Lo siento… —murmuró.

—Desde entonces, el señor Kael se volvió… —buscó la palabra—. Más solo. Más duro. Cerró el territorio. Cerró su vida. Nunca se lo perdono.

El silencio se instaló entre ambas, pesado.

—Debe haber sido devastador —dijo Lysandra, con honestidad.

Kiki asintió, observándola con una nueva atención.

—No parecía alguien que pudiera volver a confiar —agregó—. Por eso su llegada nos sorprendió a todos, debo decir que el matrimonio con la Sra. Clara, bueno... no eran destinados, es decir, no estaban enamorados, pero bueno, mantuvieron unida la familia, a la comunidad. Nyra es hija de Eleonora; el Sr. Kael es su tío, pero él la trata como su propia hija; siempre fue así, ya que el padre de la pequeña desapareció...

Lysandra bajó la mirada hacia sus manos.

—Yo solo necesitaba un lugar donde empezar de nuevo.

Antes de que Kiki pudiera responder, un golpe firme resonó en la puerta.

—¿Señorita Ardenne?

La voz masculina era segura, controlada.

Kiki se puso de pie de inmediato.

—Es el Beta —susurró—. Debo retirarme.

¿beta?

Salió con rapidez, casi con alivio. Había hablado demás.

El hombre que entró era el mismo que había visto la noche anterior. Alto, mirada aguda, porte de alguien acostumbrado a mandar sin alzar la voz.

—El Alfa desea verla —dijo.

Lysandra se tensó.

—Está bien.

Mientras caminaban por los largos pasillos de la mansión, él habló de nuevo.

—No tuvimos la oportunidad de presentarnos correctamente —comentó—. Mi nombre es Sebastian Voryn. Soy primo de Kael… y su mano derecha en todos los asuntos de la Manada de Hierro.

—Lysandra Ardenne —respondió ella—. Encantada.

¿manada?

Sebastian inclinó apenas la cabeza.

El pasillo se estrechó al acercarse al ala privada. Entonces, los gritos los detuvieron en seco.

—¡Nadie me traiciona! —rugió una voz que Lysandra reconoció de inmediato.

La puerta del despacho estaba entreabierta.

Sebastian levantó una mano.

—Espere aquí —ordenó en voz baja.

Pero ya era tarde.

Lysandra vio todo.

Un hombre estaba de rodillas en el centro del despacho, con el rostro ensangrentado. Dos hombres corpulentos lo sujetaban por los brazos. Frente a él, Kael Voryn parecía una tormenta contenida.

—Te di un lugar —continuó Kael—. Te di protección. Y así me pagas.

—Yo… yo no quise… —balbuceó el hombre.

Kael dio un paso adelante. Su presencia aplastaba.

—Ya saben qué hacer.

Los dos hombres levantaron al traidor sin esfuerzo y lo arrastraron fuera del despacho. El hombre gritó, suplicó… hasta que el sonido se perdió por el pasillo opuesto.

Kael se pasó una mano por el cabello, respirando hondo, como si estuviera conteniéndose de algo peor.

Lysandra retrocedió un paso sin darse cuenta.

Sebastián se giró hacia ella, con el rostro serio.

—No debiste ver eso —dijo con firmeza.

Ella no respondió. Estaba pálida, el corazón desbocado.

—Esperá aquí —añadió—. Veré si es prudente que el Alfa te atienda ahora.

Sebastián se acercó a la puerta y la cerró con cuidado, dejándola sola en el pasillo.

Lysandra apoyó la espalda contra la pared, tratando de respirar.

Ese lugar no era solo poderoso.

Era peligroso.

Y Kael Voryn… no era solo un hombre marcado por la tragedia.

Era alguien a quien nadie traicionaba y sobrevivía.

Y, aun así, una parte de ella —la más rota, la más honesta—

sabía que ya era demasiado tarde para huir.

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