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El hospital de la manada de Hierro estaba en tranquilidad cuando Lysandra cruzó sus puertas, casi siempre estaba así... recordaba.. Un silencio distinto al del santuario: más firme, más vigilante, como si cada pared supiera que allí rara vez ingresaba un paciente.

El Alfa no la acompañó. Kael tenía asuntos urgentes que resolver —tareas de la manada, decisiones que no podían esperar— y ella había aceptado ir sola. Aun así, no se sentía desprotegida. Manuel, el chofer, la había acompañado, pero l
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