La semana de celo cayó sobre ellos como una tormenta inevitable.
No hubo relojes, ni días, ni noches claras. Solo cuerpos que se buscaban una y otra vez, impulsados por algo más antiguo que la razón. El vínculo ardía, reclamando presencia constante, contacto, respiración compartida. Kael apenas se separaba de Lysandra; cuando lo hacía, era solo para volver a encontrarla segundos después, como si la distancia fuera un error que el instinto debía corregir.
El alfa luchó al principio por contener