El grito atravesó el pasillo como un cuchillo.
—¡Ayuda! —se escuchó en el medio de la noche.
—Es Nyra
Lysandra salió corriendo de su habitación, con el corazón desbocado. En el trayecto logró tomar una bata y ajustársela al cuerpo con manos torpes, más por pudor que por frío. La puerta de la niña estaba entreabierta y la luz encendida. El llanto era agudo, desesperado.
Entró sin llamar.
Nyra estaba sentada en la cama, temblando, con los ojos desbordados de lágrimas. Al verla, se lanzó hacia ell