Lysandra Ardenne mantenía la espalda recta, pero sus dedos se entrelazaban con nerviosismo sobre su regazo. Desde que despertó había sentido una mezcla extraña de sensaciones: una leve náusea, un cansancio diferente, una percepción más aguda de los olores.
—No es cierto, yo me sentía genial —dijo mirando a su compañero en el auto—. Maldito seas, Kael... plantaste en mí la duda...
A su lado, Kael Vyron parecía casi… radiante.
—¿Qué dices, lindura? Puedo estar equivocado, por eso estamos yendo al