ADRIÁN
En la oficina soy un desastre. La cabeza no me da tregua y las ideas se atropellan unas a otras. Hoy debo ir a ver a Natalie. Han pasado cinco días desde que se descubrió el fraude y el dinero sigue sin aparecer. Ella insiste en su inocencia y pidió hablar conmigo para corroborar algo de manera personal.
La estación de policía es fría y deprimente. Apenas ingreso, toman mis datos y me conducen hasta el sector donde está recluida. Cuando la veo, el impacto es inmediato. Está demacrada, ojerosa, agotada. Cuesta reconocer en ella a la mujer segura y firme que dirigía el área de finanzas con mano impecable.
Al verme entrar se pone de pie de inmediato. En sus ojos aparece una chispa de esperanza que me incomoda más de lo que debería.
—Viniste, Adrián —dice con la voz quebrada—. No quiero seguir aquí.
Las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas y no puedo evitar sentir el peso de la situación.
—Créeme que, si eres inocente, tampoco querría que estuvieras aquí —respondo con honest