ADRIAN
Vuelvo al despacho arrastrando los pies. Tomo la botella y bebo directamente desde el cuello. El licor baja como agua, sin quemar, sin aliviar. Carla sigue ahí. La libreta de matrimonio está entre sus dedos. Frunzo el ceño y se la arrebato sin miramientos.
—¿Por qué la tienes tú? —espeto.
—Ella me la dio —responde en voz baja—. ¿Es verdad que están casados… o solo eran palabras?
—Lo estamos —contesto, con frialdad—. Y sin separación de bienes.
Eso la hace alzar la vista, furiosa.
—Todo l