ADRIAN
Vuelvo al despacho arrastrando los pies. Tomo la botella y bebo directamente desde el cuello. El licor baja como agua, sin quemar, sin aliviar. Carla sigue ahí. La libreta de matrimonio está entre sus dedos. Frunzo el ceño y se la arrebato sin miramientos.
—¿Por qué la tienes tú? —espeto.
—Ella me la dio —responde en voz baja—. ¿Es verdad que están casados… o solo eran palabras?
—Lo estamos —contesto, con frialdad—. Y sin separación de bienes.
Eso la hace alzar la vista, furiosa.
—Todo lo mío es de ella —continúo—. Estás pisando la propiedad de Bianca Jones. Has comido su comida, has dormido bajo su techo. Todo lo que tocaste, usaste o miraste aquí… es de ella.
Busco con la mirada el pendrive que dejó sobre el escritorio. No está. Antes de que Carla intente moverse, la tomo del brazo y la acorralo. La conozco demasiado bien como para no saberlo.
—Entrégamelo —la amenazo—. Mi humor está por el suelo y no tienes idea de lo que soy capaz de hacer.
Sus ojos se abren. Con manos temb