BIANCA
Pasa casi media hora y nadie sube. La casa permanece inquietantemente callada, demasiado para mi gusto, como si contuviera la respiración. Al final, decido bajar. Camino despacio por el pasillo, con pasos medidos, y justo antes de llegar a la escalera, unas voces me detienen en seco.
—Lleva mis maletas arriba, a la habitación principal… ahora —demanda ella, con un tono cargado de arrogancia—. Eres un simple empleado, Roger, no te creas la gran cosa.
Me quedo inmóvil, con el pulso acelera