BIANCA
Pasa casi media hora y nadie sube. La casa permanece inquietantemente callada, demasiado para mi gusto, como si contuviera la respiración. Al final, decido bajar. Camino despacio por el pasillo, con pasos medidos, y justo antes de llegar a la escalera, unas voces me detienen en seco.
—Lleva mis maletas arriba, a la habitación principal… ahora —demanda ella, con un tono cargado de arrogancia—. Eres un simple empleado, Roger, no te creas la gran cosa.
Me quedo inmóvil, con el pulso acelerado. No necesito ver la escena para imaginarla. La forma en que lo dice, la seguridad con la que se apropia del espacio, como si todo le perteneciera por derecho.
Contengo la respiración y me acerco apenas, lo suficiente para escuchar, sin dejarme ver todavía.
—Lo siento, joven —responde Roger con su calma habitual—, pero el señor Jones fue claro. Indicó que usted se alojara en una de las habitaciones de huéspedes. Sus maletas ya están en su nuevo dormitorio.
El sonido seco de un tacón golpeando