ADRIÁN
—Roger, asegúrate de que se quede en la habitación de huéspedes —le ordeno—. No quiero que se involucre de más con Bianca… y mucho menos que empiece a tomarse atribuciones que no le corresponden.
Roger me observa más de la cuenta. No es una mirada casual; es medida, analítica. Casi como si me estuviera juzgando.
—Pero, señor… —empieza, con cautela—. ¿Es idea mía o está… escapando de algo?
No aparto la vista.
—Claro que lo estoy —respondo con frialdad—. Y por eso mismo, dejo todo en tus manos.
Roger asiente, aunque sé que no está del todo convencido.
Bianca se va a enfadar. Lo sé. La imagen de su rostro al ver la pared parcialmente derribada me cruza la mente como una advertencia silenciosa. Va a reclamar. Va a alzar la voz. Y, aun así, lo volvería a hacer.
—Bianca se enfadará —digo al fin— cuando vea que derribé parte de la pared.
Me coloco la chaqueta, ajustándola con un movimiento seco, como si ese gesto bastara para dejar todo bajo control.
—Esperaré a que lo asimile. Luego