BIANCA
Pasamos la tarde junto a Aurora. Adrián decidió no regresar al trabajo; quiso quedarse con nosotras. Aunque pasó bastante tiempo pendiente del móvil, aun así, estuvo presente, compartiendo, escuchando, acompañándome. Según me dijo, quería apoyarme en todo esto.
Me ofreció ser un intermediario para hablar con las personas que son mis abuelos. Dijo que conocía al señor Bennett desde que era niño, que podría facilitar las cosas, suavizar el primer acercamiento. Pero insistí en que aún no era el momento. Que necesitaba tiempo. Y lo entendió.
Por lo cual me dijo que, en el momento en que me sienta preparada y haya tomado la decisión, lo hable con él. Será quien se encargue de todo, de que resulte bien, de que sea un reencuentro sano y cuidado, y no algo que pueda provocarme un quiebre o despertar un trauma en mí.
Vamos llegando a la mansión cuando el reloj marca casi las nueve de la noche. Conduzco yo; Adrián va en el asiento del copiloto, con los ojos cerrados, relajado. Su respira