ADRIAN
Roger me habla.
Creo que dice algo sobre los documentos, o sobre seguridad, o sobre el protocolo… no lo sé. No escucho nada. No puedo concentrarme, porque Bianca está a mi lado, con su cabeza apoyada en mi hombro, mientras su mano recorre mi brazo sin darse cuenta. Y esa caricia distraída —suave y cálida— me está jodiendo la concentración más que cualquier reunión con inversionistas.
Francis, en cambio, está más escandaloso que nunca.
Apenas cruzamos la puerta de la oficina del juez, alza los brazos como si entrara a un estadio.
—¡Hagan paso a la pareja del año! —grita—. ¡Victoria, pon la música que estos se nos casa!
Victoria, completamente cómplice, presiona algo en su teléfono y de inmediato empieza a sonar la marcha nupcial, la escucho algo distorsionada, no sé si es por culpa de los tragos, o de mis propios nervios.
—Yo no puedo creer esto… —murmura Roger, llevándose la mano a la frente.
El juez —un hombre de unos cincuenta años, con expresión de “he visto cosas peores, pe