ADRIAN
Roger me habla.
Creo que dice algo sobre los documentos, o sobre seguridad, o sobre el protocolo… no lo sé. No escucho nada. No puedo concentrarme, porque Bianca está a mi lado, con su cabeza apoyada en mi hombro, mientras su mano recorre mi brazo sin darse cuenta. Y esa caricia distraída —suave y cálida— me está jodiendo la concentración más que cualquier reunión con inversionistas.
Francis, en cambio, está más escandaloso que nunca.
Apenas cruzamos la puerta de la oficina del juez, alz