ADRIAN
Hoy es fin de semana, mi madre vino por Austin y se lo llevó para cuidarlo estos días, así que hoy la mansión está insoportablemente silenciosa.
Estoy en el vestíbulo, y admito algo que jamás diría en voz alta: estoy nervioso.
Sí, yo, Adrián Jones.
El CEO de la compañía más influyente del país.
Y todo fue porque insistí —demasiado, quizás— en que Bianca fuera mi acompañante a la cena anual de empresas. Cada día llegaba con algo para ella y una nueva invitación. Y cada día que pasaba se iba resignando un poco más, hasta que hace unos días me advirtió que, si le volvía atraer esa tarjeta, me la lanzaría a la cabeza junto con su zapato. Batalló con la idea estas tres semanas, hasta que terminó aceptando… por agotamiento. Lo sé. Pero, aun así, aceptó.
Mi prima Victoria vino ayer a conocerla y salieron juntas a comprar su vestido. Según ella, debería prepararme y “amarrarme la mandíbula”, porque Bianca lucirá irresistible. Y no lo dudo. Victoria tiene un gusto impecable para la moda