ADRIAN
Llego a mi oficina más temprano de lo habitual, y no es casualidad. No quiero toparme con nadie durante el día. Anoche fue una noche tormentosa; una de esas en las que la mente no da tregua y cada pensamiento vuelve al mismo punto: ¿por qué tuve que abrir la boca y decirle aquello a Bianca?
No la vi despertar. Tampoco desayuné con ella. Por ahora, no tengo el valor —ni la cara— para mirarla a los ojos.
El beso todavía me quema en la memoria.
No fue planeado. No fue prudente. Fue un impulso puro, una necesidad que se impuso sobre cualquier límite que intenté sostener. En el instante en que mis labios tocaron los suyos, todo se descontroló. El mundo se redujo a ese contacto, a su respiración entrecortada, a la forma en que su cuerpo respondió al mío sin reservas. Aún siento el roce de sus labios, esa descarga eléctrica que me recorre la espalda cada vez que lo recuerdo. Su rostro sonrojado, esa mezcla peligrosa de inocencia y delicadeza… una que despierta en mí un deseo oscuro, p