BIANCA
Mis labios se abren sin pensarlo, como si lo hubieran estado esperando desde siempre. Él me besa con una profundidad que no deja espacio para dudas, con una exigencia feroz, como si necesitara silenciar algo que lo consume por dentro.
Es dominio puro.
Su lengua roza la mía y una descarga me recorre entera.
Mi cuerpo responde antes que mi cabeza, rendido a algo que ya no intento frenar. Mis manos se aferran a su camiseta, la arrugan con desesperación, sintiendo bajo la tela la dureza de sus músculos tensos… esos que alguna vez miré, imaginé, soñé tocar.
Su mano baja a mi cintura con firmeza, acercándome más, como si la distancia —por mínima que sea— le resultara insoportable. Sin romper el beso, me empuja hacia atrás hasta que caemos sobre el sofá.
Adrián queda encima de mí.
Se separa un segundo, con la respiración agitada, los ojos oscuros con ese toque peligroso.
—Me estás volviendo loco —dice, casi entre dientes.
No hay juego en su voz. Hay verdad.
Vuelve a besarme, más lento