32. El Incendio Bajo la Piel
El cielo se encendía en pinceladas coralinas justo cuando Ana abrió la puerta de su habitación, un remanso de calma que contrastaba con la energía desbordante que pronto la invadiría. En efecto, Chiara irrumpió como un torbellino alegre, su sonrisa un faro brillante salpicado de residuos azucarados que se adherían a la tela de su vestido como diminutos cristales blancos. Detrás de ella, Bernardo flotaba con una placidez infantil, sus piececitos impulsándolo directamente a los brazos de su madre