La luz tenue de la terraza apenas dibujaba las formas en la habitación. Afuera, el mar respiraba lento, un murmullo constante que sonaba como el eco de un reloj antiguo, llenando el silencio con una presencia casi palpable. Ana se movía inquieta bajo las sábanas. El calor se sentía como una capa pegajosa, y la humedad en el aire no era del clima, sino de esa tensión que la oprimía, de la extraña sensación de vacío. Él estaba ahí, a unos metros. No era dolor exactamente lo que sentía... era una