El pasillo de las villas olía punzante a hibisco, una fragancia dulce que luchaba por imponerse al recuerdo salino y metálico de la brisa marina. A lo lejos, los ecos del caos se habían desdibujado, como si la noche, benévola, intentara engullir la violencia del disparo. Hugo caminaba en silencio, la camisa pegada al cuerpo por el sudor frío, la gasa improvisada ladeada, y un latido sordo, casi imperceptible, martilleándole el oído izquierdo. Ana lo seguía a un paso, la espalda tensa, las manos