La arena tibia se sentía voluptuosa bajo sus pies descalzos, mientras la brisa salina le enredaba mechones húmedos alrededor del rostro. El aire vibraba con el ritmo contagioso de la salsa, un pulso que se mezclaba con los susurros del mar y el crepitar juguetón de la fogata. Farolillos de papel, como luciérnagas danzarinas, pintaban de ámbar las hojas oscuras de las palmeras, proyectando sombras alargadas que danzaban al son de la música. Ana llegó del brazo de Laura, su vestido de lino color