Habían pasado dos días desde que el barco zarpó. La costa de Italia aún estaba a dos jornadas de distancia, según las estrellas que guiaban al capitán. El mar, por momentos tranquilo, parecía retener en su vaivén los suspiros de todas las almas que iban a bordo. Pero lo único que no encontraba paz era el cuerpo de Rowena.
En el camarote principal, Eira no se había separado ni una sola noche de su lecho. Había intentado todo: infusiones de jengibre, cataplasmas de lavanda y mirra, incluso antigu