La humedad del túnel les calaba los huesos, pero nadie se detenía. El rumor del mar no estaba lejos, apenas unas curvas más adelante. Las huérfanas avanzaban de la mano de las pocas monjas sobrevivientes. Eira, al frente, cargaba con ternura a la bebé envuelta en la misma manta, y Teodoro Vassari caminaba junto a ella con una lámpara encendida y su daga lista, custodiando el grupo.
—Al llegar al barco, suban primero las niñas —dijo Eira en voz baja—. Luego las hermanas. Yo me quedaré…
—Ni lo su