La estancia seguía en silencio, rota apenas por la respiración entrecortada de Eira, que aún no soltaba la mano de Entienne. Los ojos de la joven danzaban entre las miradas de Rowena, Eleonora y Borgia, sin comprender aún el peso real de lo que le acababan de revelar.
Y entonces hizo lo que solo su alma pura podía inspirarle: se inclinó, rodeó a Rowena con sus brazos y la abrazó con ternura. La herida de la tía ardía con fiebre, pero eso no detuvo a Eira, que lloró contra su pecho.
—No me impor