La brisa helada del invierno italiano se filtraba suavemente por los vitrales altos de la villa. El fuego de la chimenea crepitaba, proyectando sombras doradas sobre los muros antiguos cargados de secretos. A lo lejos, el canto apagado de los gallos anunciaba que aún era madrugada.
Entienne, aún arrodillado con Eira, la besaba con devoción cuando una voz rasposa, quebrada por el dolor y la fiebre, interrumpió la atmósfera de paz.
—Eira… Giovanni… Eleonora… acérquense, por favor… —murmuró Rowena