El hedor era insoportable. El Palacio de Saint James, en el corazón de Londres, había sido una joya arquitectónica durante el reinado del padre de Leopoldo. Pero ahora, bajo su mando, se había convertido en una guarida decadente, infestada de perfume barato, licores fermentados y carne sudada. Las paredes de terciopelo estaban manchadas de vino, sudor y pecado. La corte no dormía. Solo se revolcaba.
En el centro del salón principal, bajo un candelabro de oro ennegrecido por el hollín de mil vel