La tarde había cedido lentamente al crepúsculo, y sobre la abadía cayó ese velo gris azulado que precede a la noche. La brisa olía a manzanilla y lavanda, y entre los muros antiguos, los ecos de una vida contemplativa parecían susurrar viejos secretos. Entienne, con el rostro aún marcado por la conversación matutina con Eira, se encaminó por fin a los aposentos de la abadesa Rawena.
El lugar olía a humedad y a incienso, pero también a historia, a esas historias que nunca se escriben pero que man