Ella permanecía inmóvil. Las manos juntas sobre el regazo, la cabeza inclinada ligeramente. No lo miraba. En ningún momento lo había hecho durante todo el sermón. No por desafío, no por arrogancia… sino por una serenidad distinta, una especie de calma inquebrantable que contrastaba con todo lo que Entienne había visto en otros creyentes. Era como si supiera algo que él aún no comprendía.
—Obedecer a Dios —continuó él, con voz más firme—, no es una sugerencia. Es un mandato. Incluso cuando no co