El Vals de los Tiburones
Las siguientes veinticuatro horas fueron un montaje surrealista. Katerina, fiel a su palabra pero con el veneno goteando de cada gesto cortés, orquestó mi transformación. Fui medida, vestida y calzada por un equipo de profesionales que me trataron con la impersonal eficiencia de quien prepara un coche de carreras para la pista.El vestido que Katerina eligió era una obra maestra de seda color esmeralda que me dejaba los hombros al descubierto y se adhería a mi cuerpo antes de caer en una suave cascada hasta el suelo. Era un vestido diseñado para ser visto, para declarar una confianza que yo estaba a años luz de sentir.Luego vinieron las joyas. Un collar de diamantes y esmeraldas que reposaba sobre mis clavículas con un peso gélido y autoritario.—"Las esmeraldas Papadakis", me informó Katerina con una sonrisa gélida. "Un préstamo. No te encariñes con ellas".Jack apenas apareció durante el día, absorbido por