El Caballo de Troya
El aplauso sonaba distante, como el rugido del mar desde el interior de una caracola. Todo mi universo se había encogido hasta enfocar un solo punto en la sala: Adán. Mi pasado vergonzoso, el catalizador de toda esta locura, estaba aquí, en el corazón del imperio Papadakis, sonriendo como si tuviera el boleto ganador de la lotería. Y a su lado, Katerina, la serpiente en el jardín, lo observaba con la satisfacción de una científica que acaba de introducir un virus letal en un entorno controlado.La mano de Jack, que hasta hace un segundo era un ancla de triunfo, se convirtió en un torniquete. Sintió el cambio en mí, la rigidez repentina de mi cuerpo.—¿Any? ¿Qué pasa? —susurró, su sonrisa aún fija para el público, pero sus ojos llenos de una preocupación repentina.—Código rojo —musité, mi propia sonrisa se sentía como una máscara de cera a punto de derretirse—. A las nueve en punto. Junto a la barra. Tu prima acaba