El Nido del Águila

El Nido del Águila

​La promesa de Jack de usarlo como escudo humano era reconfortante, pero se evaporó en el instante en que cruzamos las puertas de la propiedad. No eran puertas. Eran una declaración de guerra a la modestia, dos gigantes de hierro forjado que se abrieron silenciosamente para dar paso a un camino iluminado por farolas que parecían joyas engarzadas en la noche.

 El camino serpenteaba colina arriba, flanqueado por olivos centenarios y cipreses tan altos que parecían rascar el vientre de las estrellas. La ansiedad que el beso de Jack había disuelto regresó con refuerzos.

​—¿Seguro que esto no es Transilvania? —murmuré, pegando la cara al cristal—. Siento que en cualquier momento un murciélago se convertirá en un mayordomo y nos ofrecerá una copa de... sangre. O algo peor, champán caro que no sabré apreciar.

​Jack no se rió esta vez. Su perfil era tenso, sus nudillos blancos sobre el volante.

—Recuerda el plan. Eres tú misma
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