CAPÍTULO 8
Casi una confesión
La mañana siguiente amanecí con una extraña sensación de paz y con el inconfundible peso de un brazo musculoso sobre mi cintura.
Abrí los ojos de golpe.
El brazo pertenecía a Jack.
La Gran Muralla de Almohadas yacía en el suelo, derrotada, como un testigo mudo de nuestra tregua nocturna.
Su rostro estaba a centímetros del mío. Tenía las pestañas largas, la mandíbula definida y una expresi