Damián la observó detenidamente. Su postura. Su expresión. Esa fuerza que le brotaba del alma. Ya no era una niña perdida en el bosque. Era una mujer que anhelaba justicia. Venganza.
—¿Está segura de eso? —preguntó con voz profunda—. Ese lobo podría matarla… No sería un encuentro fácil.
Luna sonrió, con esa mezcla de ironía y determinación que solo el dolor puede esculpir en un rostro humano.
—No le temo a la muerte, señor Damián. Ya la he mirado a los ojos. Ya me ha quitado todo. —Luna bajó un