Luna estaba en su oficina acomodando unas carpetas que tenía apiladas en el escritorio. Sus dedos se movían con rapidez, ordenando los documentos pendientes antes de cerrar por un rato. Miró su reloj dorado, el que llevaba siempre en la muñeca izquierda, y una sonrisa se dibujó en sus labios. Había llegado la hora.
Se levantó con elegancia, tomó su cartera del respaldo del sillón, la colocó sobre el escritorio y sacó un pequeño compacto junto a un labial. Se miró en el espejo, se retocó el maqu