Emiliano estaba sentado en la oficina de Marcos, con las piernas cruzadas y los dedos tamborileando con impaciencia sobre el brazo del sillón. Miraba el reloj de pared por quinta vez en los últimos minutos. La tensión se notaba en su rostro. Tenía la chaqueta del traje abierta, y una gota de sudor bajaba por su sien pese al aire acondicionado.
Finalmente, la puerta se abrió bruscamente. Marcos Moretti entró con el ceño fruncido y un paso firme, casi violento. Cerró la puerta con un golpe seco y