Valentina
Rigel cortó la llamada y tiró el teléfono a un lado.
En un abrir y cerrar de ojos estaba a mi lado, sacándose la máscara de la cabeza, antes de agacharse para intentar darme una mano. Aunque no podía coordinar ni un movimiento.
Podía ver en sus ojos desorbitados, y su rostro, el terror que sentía.
—Lo siento mucho, mi señora, —dijo con su voz entrecortada, evitando mi mirada—. Se me fue la mano, no fue mi intención…
Levanté un dedo, deteniéndolo antes de que siguiera disculpándose.
—N