—¡¿Divorcio?! —exclamó el príncipe Alfa con una voz grave que retumbó en el gran salón.
El eco de sus palabras pareció paralizar el aire por unos segundos. Frunció el ceño, se levantó del trono y descendió un par de escalones, con la capa ondeando tras él.
Sus ojos, oscuros y brillantes como el ónix, se clavaron en Narella con intensidad.
—¿Divorcio, ha dicho? —repitió, incrédulo, casi ofendido.
Narella bajó la mirada, no por vergüenza, sino para ocultar las lágrimas que ardían en sus ojos. Pero