Aren apareció entre las sombras, con esa arrogancia fría que helaba la sangre. Sin decir una palabra, hizo una señal, y uno de sus machos más fuertes tomó a Narella en brazos como si fuera un simple trofeo.
El solo hecho de verla en manos ajenas encendió una furia salvaje en Persedon.
Un gruñido gutural brotó de lo más profundo de su pecho, grave y amenazante, como el rugido de una tormenta que está por desatarse.
Pero Aren, sonriendo con malicia, alzó un arco y apuntó directamente a Persedon co