Cuando Severon pisó el podio real, su rugido aún vibraba en las paredes del gran salón.
Su figura imponente en forma de lobo alfa hacía que todos los presentes contuvieran el aliento.
Su pelaje oscuro brillaba como acero bajo la luz de los candelabros, y sus ojos —feroces y enrojecidos— recorrieron cada rincón del recinto.
Vio a su manada reunida.
A sus súbditos. A los miembros de su corte.
A su madre, Luna Syrah, de pie, con el rostro abatido.
Y finalmente… la vio a ella.
Rhyssa.
Arrodillada en