Elara descendió sola por el oscuro y húmedo pasillo de las mazmorras.
El eco de sus pasos resonaba como una sentencia. Cada peldaño que bajaba la acercaba a la mujer a la que más odiaba en ese momento.
No era solo ira lo que sentía. Era algo más profundo, más venenoso: traición, deslealtad, y una sed de venganza que hace mucho no sentía.
Kaela estaba ahí, encadenada, sucia, pero aun con esa sonrisa desafiante que a Elara le hervía la sangre.
—¿Viniste a matarme, Luna Dorada? —se burló la traidor