Yago retrocedió tambaleante, con los ojos abiertos como platos, mientras la sangre comenzaba a brotar de su costado, cálida y espesa.
Miró a la loba dorada, esa criatura a la que alguna vez admiró, deseó y quiso dominar, como si no pudiera procesar lo que acababa de pasar.
Su expresión era un cóctel de sorpresa, angustia y traición.
—No… —susurró, más para sí que para ella.
Jamás pensó que ella sería capaz.
Jamás imaginó que la loba dorada a la que había subestimado tantas veces sería quien lo