Hester abrazó a su madre con fuerza, como si temiera que, de soltarla, se desvaneciera entre sus brazos como un espejismo.
Verla de nuevo era como recuperar un pedazo de alma perdido, como respirar la paz que durante tanto tiempo se le había escapado entre guerras, traiciones y noches interminables de odio.
Aquella calidez materna le devolvía algo que había creído muerto: la certeza de que aún había algo puro en medio de la oscuridad.
Pero, cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con l