Mahi soltó su mano con una violencia contenida, como si la voluntad misma se le hubiera escapado entre los dedos.
Sus ojos ardían en lágrimas que no terminaban de caer; su voz era demasiado débil.
—¡Yo no te perdono! Déjame ir con mi hijo —susurró, como una súplica que llevaba en la dignidad y la desesperación de una madre.
Crystol la miró, sintiendo el golpe del rechazo en el pecho; quiso decir mil cosas, abrazarla, suplicarle que le creyera, pero el tiempo se rompía alrededor de ellos.
En ese