—¡Su alteza príncipe Hester!
El silencio previo se quebró como un cristal arrojado contra el mármol.
Los ojos de Bea se abrieron desmesurados, horrorizados, incrédulos. Era como si le hubieran arrancado el aire del pecho. No podía creer lo que escuchaba, no quería creerlo.
En cambio, Eyssa, con lágrimas en los ojos, abrazó a Hester con fuerza. Sus cuerpos se fundieron en un solo instante de victoria y alivio. El pueblo entero estalló en aullidos de júbilo que resonaron por todo el castillo y más