Al volver al reino de Rosso, Elara apenas podía sostenerse.
Las emociones se arremolinaban dentro de su pecho como un torbellino salvaje: el miedo, el alivio, la esperanza… todo la empujaba hacia un único refugio seguro.
Apenas vio a la Luna madre Syrah, sus pasos se aceleraron como guiados por un instinto, y sin pensarlo, se lanzó a sus brazos.
—¡Elara! —exclamó Syrah, con la voz quebrada por el alma—. Por la Diosa… ¡No podía perderte! No, cariño, no podía… —sus manos temblorosas la abrazaron c